El último toque de la campana
Para este reto me imagine como seria el mundo sin los relojes, es así como yo me lo imagine:
El último toque de la campana
Me despierto con el mismo sonido aterrador de cada mañana, abro los ojos, pero mi cuerpo no se mueve, todos los días de mi vida me he despertado con el mismo sonido. Después de un rato corto, la campana para de sonar, abro la persiana, todavía es de noche, pero ya se empiezan a escuchar las voces de los vecinos.
Me visto y me dirijo a la cocina, donde se encuentran mi hermano y mis padres. Suena la segunda campana del día, la que indica que tenemos que salir de casa.
Me dirijo al colegio, llego y la tercera campana del día, suena y comienzan las clases. Las clases pasan y las campanas también.
Cuando salgo después de la campana que indica que nos podemos ir, paso por delante de unos de los cientos de campanarios que hay repartidos por la ciudad. “Prohibido el paso solo personal autorizado” leo desde pequeña, y pienso que hay detrás. Me dirijo a casa y como sola, sin dejar de darle vueltas al tema: “¿Por qué no nos dejan entrar, qué hay dentro, quién controla las campanas?”, esas preguntas se repetían en mi cabeza durante toda la noche. Y si entraba, ¿qué pasaría? En el colegio corría el rumor de que un hombre intentó entrar a uno de los campanarios y nunca más nadie supo de él.
Reconozco que soy una persona muy tozuda, así estuve todo el día siguiente planeando una estrategia para acceder a uno de los campanarios. No se lo dije a nadie, después de mucho pensar decidí que lo mejor era entrar por la noche. Al día siguiente, por la noche, me fui a dormir cuando sonó la última campana. Esperé un rato tumbada en mi cama, hasta que vi que todo estaba en silencio, entonces empezó mi misión.
Salí a la calle sin hacer ni un solo ruido, llegué al campanario y saqué el martillo que llevaba en la mochila, rompí el gran pomo de la puerta y por fin pude entrar. Lo primero que vi fue un gran mecanismo de enormes poleas rotando en un determinado tiempo constante, miré para el otro lado, y observé un gran círculo con números del 1 al 12 alrededor, con dos enormes palos señalando a diferentes números y moviéndose a la vez que el ritmo de las poleas.
—¿Qué es esto?— me pregunté en voz alta.
—Un reloj, querida —un hombre mayor, con el pelo blanco y un bastón, apareció detrás de una puerta.
—¿Un reloj?, ¿qué es eso?, ¿para qué sirve?
—Sirve para medir el tiempo, ahora mismo son las 4:39 de la mañana.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Mario, llevo toda mi vida viviendo en este campanario. —Mario se detuvo observando mi cara de asombro; entonces continuó—. Mi abuelo era un relojero antes de que toda esta dictadura empezara, cuando el gobierno decidió emprender esta tortura y quitar los relojes para controlarnos. Por eso, me escondí aquí, vivo aquí porque no quiero separarme de los relojes, son mi vida y siempre lo serán.
—¿Y por qué no dices nada? —pregunté casi sin pensar— La gente no sabe lo que estamos viviendo.
—Cuando lo decía todos me tomaban por loco, era un viejo diciendo que nos estaban controlando, ¿quién me creería? Pero tú podrías parar esto.
—Yo?— dije extrañada.
—Si tú, ya sabes toda la verdad, has tenido la valentía de entrar aquí a pesar de que no se puede, tú puedes para toda esta locura.
Me paré a pensar, no era tan extraño, podría hacer que esas campanas dejaran de sonar para siempre.
—Lo haré, gracias, Mario.
Salí sin saber qué acababa de pasar, pero sabiendo que pronto sonaría la campana final.



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