La historia de un error


Para este reto me pidieron crear un personaje, poniéndolo en una situación determinada, para ver como era su carácter, y su forma de ser, por eso hice a Úrsula, una mujer un tanto peculiar, y con muy mala suerte:


La historia de un error

Mi mundo se vino abajo el día que me echaron del trabajo, “Muchas gracias Úrsula, pero ya no necesitamos tus servicios”, fueron las palabras de mi jefe que echaron por la borda 5 años de carrera y 2 másteres. Cualquier persona normal hubiese ido a los brazos de sus padres en busca de consuelo, pero los míos me habían dejado hacía ya dos años, mis padres, mis mejores amigos, las únicas personas que me entendían ya no estaban a mi lado.  

Después de un mes me puse a buscar trabajo, sin mucha suerte, eché curriculums en varias empresas que me dijeron que no, a sí que decidí recurrir a mi última esperanza, una que iba en contra de mis principios: ser niñera. Nada me parecía más lamentable que trabajar de niñera con 27 años, ese trabajo era para niñas de 15 años que querían sacarse un dinero para luego emborracharse con sus amigas. La oferta se me presentó paseando por el Paseo de la Castellana en mi ciudad favorita, Madrid., Colgando de una farola vi un cartel que ponía “se busca niñera para cuidar a 3 niños y hacer las tareas del hogar a tiempo completo las 24 horas del día”. Visto que los ahorros que tenía se me estaban acabando decidí llamar al número de teléfono que ponía, y después de una hora de reloj hablando con Maria Martínez, la madre de los niños, me aceptaron en el que sería mi nuevo puesto de trabajo.

Al cabo de dos semanas me dirigí en un bus abarrotado de gente que probablemente serían de Vallecas y, arrepintiéndome de no haberme sacado el carnet de conducir antes por vaga, tras 13 paradas que se me hicieron eternas y 5 minutos andando, llegué a la casa. Llamé al timbre con la mano temblando, y una mujer de unos 40 años me abrió la puerta con una gran sonrisa en la cara, un pelo rubio, evidentemente teñido y unos tacones que me hacían sentir muy baja.

—Hola Úrsula, ¿verdad? —me dijo un poco demasiado alto para mi gusto.

—Sí –contesté tímidamente. 

—Vaya como la villana —dijo riendo.

Saqué mi sonrisa más falsa porque esa broma me la habían hecho muchas veces a lo largo de mi vida y no me hacía ni pizca de gracia. Después de un rato explicando cómo iba todo y enseñándome lo que iba a ser mi nuevo hogar, me presentó la que sería mi tortura hasta que Dios me brindara un nuevo trabajo: sus hijos.

Mateo, Daniela y Marcos, esos eran sus nombres, nunca me gustaron los niños y esos tres no iban a ser una excepción, cuando era pequeña los niños se metían conmigo en el colegio y es por eso que me juré que yo nunca tendría hijos, la vida solitaria era la que más me gustaba. 

Trascurrieron las semanas sin que  pasará nada interesante, limpiaba la casa, ponía lavadoras, planchaba la ropa, y cuidaba a los pequeños diablos. He de decir que al principio me costó hacer ese tipo de cosas, normalmente contrataba a alguien para que me hiciera el trabajo doméstico, pero todo cambió cuando un día fregando el salón, lo vi. Era pequeño, pero brillante, lo que solucionaría todos mis problemas: un diamante. Entonces supe lo que haría: lo vendería y me haría rica y podría dejar este trabajo de mierda. Fue en lo único que podía pensar, la tristeza que me perseguía se fue, había encontrado mi felicidad, robaría ese diamante y me iría para siempre a Italia o, mejor, a Reino Unido, daba igual, pero necesitaba ese diamante. 

Estuve tres semanas ideando el plan perfecto para poder robarlo, decidí que sería por la noche, cogí un gran cuchillo para poder romper el gran cristal que lo rodeaba. 

Esa misma noche no pude dormir, tenía la barriga revuelta, como mis sensaciones. Cuando la casa ya estaba en silencio, me dirigí al salón, sin hacer mucho ruido, donde se encontraba la vitrina dentro de la cual se encontraba el diamante. Estaba a punto de romper el cristal cuando escuché detrás de mí: “¿Qué haces?” . El estrés me pudo y clavé el gran cuchillo en toda la cabeza del pequeño Marcos. Y eso es todo.

—Muy bien, gracias, veré lo que puedo hacer con esto, no creo que puedas salir de aquí en muchos años, pero lo intentaré —me dice mi abogada de oficio.

—Vale, gracias —respondo, y me dirijo con mi mono naranja a la celda donde pasaré el resto de mi vida por ser una idiota.


Comentarios

Entradas populares